El primer día de mi primera visita a Oporto fui al Museo Serralves y fue una grata sorpresa encontrarme con una exposición comisariada por el cineasta portugués Pedro Costa. Nunca he traducido una película suya, pero sí he sincronizado algunas en diversos festivales. La mejor de las que he visto, en mi opinión, es la angustiosa No Cuarto da Vanda (2000). La cinematografía de Costa dedicada a los drogadictos tiene similitudes con el cine quinqui hispano en que son ficción, pero también un retrato casi antropológico de una juventud de barrios pobres abandonada en la cuneta del progreso ibérico donde los actores y actrices se interpretan a ellos mismos. El cine de Costa, sin embargo, huye de lo anecdótico y lo costumbrista para sumergirnos de lleno en la monotonía desesperante de quien no puede huir del presente, sin esperar un futuro más allá de la siguiente dosis ni mayores horizontes que las cuatro paredes mugrientas de la chabola donde la vida se evapora como el humo de los chinos. Y durante las tres horas de la película, mientras dentro del cuarto de Vanda su vida y la de su hermana se van desmenuzando en bocanadas de papel de plata, afuera las máquinas van derribando su poblado chabolista sin prisa pero sin pausa, en un paralelismo perfecto del proceso de demolición personal (dentro) y social (fuera) traído por el avance implacable y mecánico de estas sociedades capitalistas que no hacen prisioneros.

